Los humanos hemos tenido siempre cierto temor a la oscuridad y a las tinieblas.
Cuando por las noches se ocultaba el Sol podían ocurrir cosas tenebrosas; se oían ruidos de animales, del viento, pero no se veía nada.
Cuando fuimos capaces de utilizar el fuego (hace aproximadamente un millón de años) e iluminarnos con él, ello supuso un gran avance, pues las tinieblas dejaron de ser tan temibles.
En los eclipses de Sol, la Luna pasa por delante del Sol, o el Sol pasa por detrás de la Luna, que es lo mismo, y en los dos casos nos quedamos a oscuras.
Cuando el eclipse es total, la ocultación es completa y nos vemos sumidos en una absoluta oscuridad.
Parece ser que fueron los astrónomos caldeos los primeros que comprobaron que, cada poco más de 18 años, se repetían periódicamente 42 eclipses de Sol y, además, con la misma cadencia.
A este período de unos 18 años le llamaron Saros.
A partir de entonces, estos astrónomos y otros de otras civilizaciones pudieron predecir con anterioridad la aparición de los eclipses y, con ello, ganarse el respeto y la admiración de los demás.
Al llegar la noche, la Tierra nos oculta el Sol igualmente y deja de iluminarnos.
En ambos casos, las gallinas se retiran al gallinero.
Como bien se sabe, un eclipse de Sol tiene lugar cuando la Luna y el Sol, en su recorrido por el espacio, se alinean con la Tierra y, al estar la Luna más próxima a nosotros, se nos oculta el Sol.
Es una situación conocida desde que los humanos habitan en la Tierra.
Siempre se ha visto con admiración cómo el gran astro que lo ilumina todo es ocultado durante unos momentos por la Luna, y hay casos en los que esta ocultación es total.
Pero antes de este descubrimiento hubo otros más sencillos y más fáciles de predecir.
El Sol estaba sobre el horizonte un tiempo determinado, se ocultaba durante un tiempo que se llamó noche y volvía a aparecer por la mañana para, de nuevo, ocultarse casi por el mismo sitio por el que se había ocultado la vez anterior.
No había relojes, pero daba la impresión de que el tiempo que tardaba el Sol en aparecer de nuevo era siempre el mismo.
Como hemos dicho, no había relojes para medir el tiempo. Esta apreciación de que el Sol tardaba siempre el mismo tiempo en aparecer o en ocultarse sobre el horizonte es lo que nuestros antepasados tomaron como primera medida del tiempo: el primer reloj astronómico.
Observatorio astronómico de Stonehenge
Esta medida del tiempo es lo que llamamos un día.
Teníamos ya un reloj astronómico que era el Sol en su movimiento diario.
Había otros fenómenos astronómicos fácilmente observables que tenían lugar periódicamente, como las fases de la Luna, por ejemplo.
No fue muy difícil darse cuenta de que, aproximadamente cada 28 días, la Luna iba cambiando de aspecto, repitiéndose y, por ejemplo, la Luna llena tenía lugar periódicamente cada 28 días. Este fue el segundo reloj astronómico. Teníamos otra medida del tiempo: el mes lunar.
Esto era conocido por nuestros antepasados desde hace varios miles de años.
Más adelante, astrónomos de varias civilizaciones observaron que el Sol salía y se ponía por el mismo sitio del horizonte cada 365 días.
Este fue otro reloj astronómico; a este período se le llamó año.
Había otros fenómenos naturales que también se repetían: las épocas de nieve, los deshielos, las crecidas de los ríos, la caída de las hojas, etc., pero los períodos en los que se repetían no eran tan regulares como los fenómenos astronómicos.
En euskera, año es urte; urtu es fundir (también fundir el hielo y la nieve; ur es agua). Así que, cuando alguien te pregunta en euskera «¿Zenbat urte duzu?» («¿Cuántos años tienes?»), en cierto modo te está preguntando lo que nuestros antepasados preguntaban: «¿Cuántos deshielos tienes?».
Los astrónomos observaban el cielo con mucha paciencia y, como hemos dicho al principio del escrito, fueron los caldeos los primeros que comprobaron que cada 6.586 días (algo más de 18 años) se repetían 42 eclipses de Sol con la misma cadencia.
Para organizar la vida corriente, estos astrónomos de Egipto y Mesopotamia, hace más de 4.000 años, dividieron el día en 12 horas de sol y 12 horas de noche.
No vamos a ahondar ahora en el tema, pero el 12 es el número que ofrecía más posibilidades para dividir el tiempo en períodos menores: seis períodos de dos horas, cuatro de tres horas, tres de cuatro horas y dos de seis horas.
También eran aproximadamente 12 meses lunares los que completaban un año solar.
El 12 de agosto vamos a tener un eclipse total y lo sabemos de antemano.
Sabemos, asimismo, que dentro de 24 horas el Sol estará en el mismo sitio que ahora.
También sabemos que la Luna, dentro de 28 días, tendrá el mismo aspecto que hoy.
Sabemos igualmente que dentro de 365 días el Sol estará en la misma posición que hoy.
Sabemos que los fenómenos astronómicos relacionados con el Sol y la Luna son periódicos y cíclicos, y ello nos permite predecirlos con anterioridad y así ganarnos la admiración y el respeto de algunos, como ocurría con los antiguos astrónomos.
Los eclipses y las noches son algo similar: ocultaciones periódicas del Sol. La diferencia estriba en que casi todo el mundo sabe predecir cuándo será de noche, pero no ocurre lo mismo con los eclipses, porque se necesita más tiempo de observación.
Otra diferencia entre estos dos tipos de ocultación del Sol estriba en que la noche llega muy poco a poco, mientras que el eclipse de Sol ocurre casi instantáneamente.
Recientemente, un amigo me dijo que en el último eclipse que vio el ambiente refrescó. Esto mismo ocurre al anochecer: al no llegarnos directamente los rayos del Sol, por la noche refresca.
No creo que vaya a ver el eclipse; me parecen más espectaculares los amaneceres y los atardeceres, sobre todo al borde del mar.
Antón del Campo
Ingeniero industrial
Julio de 2026